Sinfonía de la periferia.

Aquel atardecer mezclaba turbiamente su espeso calor con mi desazón, no quedaban drogas con las que evaporarse. Mi refugio en Carabanchel era un hervidero de vida pero en ese momento se encontraba extrañamente solitario formando un circulo perfecto con mis esperanzas envasadas al vació. Las sirenas de los coches patrulla se elevaban imperativas sobre la Fantasía de Vaughn, imaginé a un director de orquesta con su batuta invisible subido en lo alto de una azotea abandonada, la noche vestía su desnudez mientras él dirigía con ímpetu los movimientos de su opera prima.

Pensar y recordar tiempos pasados nunca fue algo que le agradará. Sin querer volvía a idealizar a su musa y enredaba a su favor los hilos de su propia memoria. Es estúpido este ritual de desamor.- se decía mientras continuaba evocando imágenes, y situaciones de aquella relación desaparecida. En todo momento era consciente del trance doloroso por el que estaba pasando, y al que él mismo se auto inducia tratando de expiar su complejo de culpa. Cuando conseguía dejar atrás esa bella agonía le gustaba recrearse en sus propias mentiras, recién elaboradas eran como un bizcocho salido del horno que no puedes esperar a que se enfrié para hincar el diente.

Vaivenes malditos de aquella ansiedad artificial le empujaron de nuevo a escribir, aporreaba el teclado con furia, escupiendo palabras desordenadas que más tarde tendría que cortar y pegar para dotarlas de sentido, de vez en cuando levantaba la vista y contemplaba con asombro como aquel personaje nacido de su imaginación continuaba desnudo bajo esa perla partida que hoy brillaba sin optimismo, de los movimientos de aquellas viejas manos y su batuta invisible surgió esta oscura sinfonía periférica.


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